Cat B, Prosa: Primer premio: “Una baraja de cartas”, de Marta García Cuchillero, de 4º C.

La vida es, en mi opinión, como una baraja de cartas. ¿Por qué? Bueno, eso es lo que me dispongo a explicar.

Las cartas representan las opciones que tenemos cada uno en la vida, sólo que cada persona tiene su propia baraja única en el mundo, por una cosa u otra.

Sería fantástico poder afirmar que todos nacemos con el mismo número de naipes, pero no. Hay gente que incluso antes de nacer ya se ve privada de algunas cartas, pero, en este juego caprichoso que es la vida, esas cartas pueden recuperarse. Y yo voy a demostrarlo... Antes de nada quiero dejar clara una cosa: en este juego cada jugador debe sacarle el máximo partido a sus naipes independientemente de las que pueda tener el contrario. No vale decir “las suyas son mejores” porque, seguramente, hay alguien con peores cartas que las tuyas. Bien, dejando claro este punto…, que comience el juego.

El tablero es, par supuesto, el mundo, el planeta. En realidad no hay muchas normas, y éstas se pueden romper, tal y como han demostrado jugadores antes que yo.

Al nacer muchos tenemos la carta que representa al familia, por desgracia otros no la tienen pero pueden llegar a conseguirla. También tenemos la carta de “la escuela”; yo la tuve, pero algunos no.

En este juego el número de naipes no está predeterminado, todo puede cambiar...


Elisa nació en una ciudad ni muy grande ni muy pequeña. En un hospital. Su parto fue completamente normal, como todos. Ya entonces tenía una madre y un padre, y viviría con ellos en un piso de un edificio normal.

La pequeña Elisa se pasaba los días jugando y viendo como su madre y su padre iban de un lado para otro por la casa. Cuando cumplió un año tuvo muchos regalos así como una enorme tarta de chocolate para compartir con su familia.

Más adelante su madre volvió a trabajar y en el tiempo en que ambos padres estaban fuera venía una cuidadora.

Cuando cumplió la edad requerida Elisa entró en la escuela, como es habitual. Nadie se planteó lo contrario.

Por otro lado, el mismo día y a la misma hora nació Anana en un poblado al sur de África. Pero su nacimiento ocurrió en una casa de adobe bajo el ardiente sol. De hecho tuvieron suerte de conseguir llamar a la vecina para que las ayudara, ya que el padre estaba trabajando. Dos hermanos, una niña y un niño, fueron los que avisaron a la vecina.

Fue un parto complicado, dadas las condiciones y de la ayuda de que disponían; es decir, ninguna. Pero, a diferencia del nacimiento de Elisa, algo salió mal. La madre de Anana no lo soportó. Posiblemente se podría haber hecho algo por ella, pero no en pleno desierto y sin dinero. De forma que, cuando el padre regresó se encontró con seis hijos a los que dar de comer y completamente solo. Bastante tuvo el hombre con encontrar a alguien para alimentar a su hija recién nacida, también tuvo que poner a trabajar a los mayores y necesitó la ayuda de hasta los más pequeños. Por supuesto la propuesta de ir a la escuela está descartada, ninguno de los hermanos de Anana había ido.

Cuando la hija menor creció asumió sin rechistar las tareas que su padre le impuso, total, se había criado con sus hermanos y hermanas y había sido testigo de los quehaceres de estos. ¿Cómo no iba a ayudar a su padre? Y, por otro lado, ¿qué era la escuela?

Elisa, por el contrario, fue criada entre algodones ya que era la primera hija de la pareja. Al cabo de cuatro años de que ella naciera se mudaron a otra casa; una más grande, con más habitaciones y mejor situada.

Elisa tenía muchas amigas y amigos. Era una niña feliz.

Con el paso de los años fue subiendo de curso, hasta que empezó a darse cuenta de que estudiar no le gustaba tanto pero siempre le habían dicho que estudiar era un privilegio y que había niños que no lo tenían.

Cuando Elisa cumplió quince años ya tenía novio y empleaba el tiempo libre para salir con él o con sus amigos y amigas.

Elisa había dejado de ser la más pequeña de la familia hacía años. Ahora tenía primos y pronto tendría un hermanito.

Una de las cosas que más le gustaban a la chica era ir de compras. Quedaba con sus amigas siempre que podía y, juntas, arrasaban en todas las tiendas a su paso. ¡Era todo tan bonito!


Anana también creció, pero, claro, ella no podía subir de curso porque no iba a la escuela. En vez de eso fue aumentando cada vez más la dificultad de sus tareas. ¿Tiempo libre? ¿Qué era eso? ¡Ah, ya! Es ese tiempo que empleas para dormir y descansar los músculos para aguantar mejor el trabajo del día siguiente.

Anana también tenía un novio. ¿O tal vez sería más adecuado afirmar prometido? ¿Que si era guapo? Ella no lo sabía, no le había visto la cara. Sí le había visto reunirse con su padre a veces, pero de lejos y sólo había llegado a atisbar la espalda.

Todos la felicitaron, le dijeron que era un hombre con más o menos dinero y que le daría de comer. Y Anana era feliz. ¿Qué más necesitaba? Todas sus hermanas se habían casado ya, sólo quedaba ella. Anana no las veía mucho, pero creía que ya era tía.

¡Ah! Se me olvidaba: el padre de Anana se había casado otra vez, aunque ya no se le veía tan feliz, o eso pensaban los hermanos y hermanas de la chica.

En uno de sus cumpleaños Anana recibió un vestido blanco hecho a mano. Es que el otro que tenía ya se le había quedado pequeño y no daba para más.

Elisa acabó ese año la E.S.O. y continuó estudiando el bachillerato. Ella había elegido estudiar medicina, sabía que era una carrera difícil; sus padres se habían encargado de recordárselo, pero a ella le apetecía. Su padre era arquitecto y habría preferido que ella siguiera sus pasos, o su madre, que era abogada.

Cuando cumplió dieciocho años Elisa ya se había graduado y tras el verano comenzaría sus estudios en la universidad. Aprovechó el verano para sacarse el carné de conducir. Guay, ¿verdad?
¿Y el novio? Ah! Lo había dejado, ya no le gustaba.

Anana se casó pocos días después de enterarse de que estaba prometida. Fue la primera vez que vio la cara de su futuro marido. Le pareció que era un hombre amable. Tras esto se mudaron a su casa, era algo más grande que la de su padre y estaba mejor construida. Ahora Anana trabajaba cosiendo prendas a mano, le habían dicho que a los turistas les gustaban mucho. Por supuesto continuaba trabajando en la casa, pero pudo salir de la fábrica gracias a su nuevo marido.
Cuando cumplió dieciocho años su vida no sufrió cambio alguno. ¿Conducir? No, ella iba andando. Pero ahora tenía unas sandalias que evitaban que se le clavaran las piedrecitas. El cambio se produjo poco después: estaba embarazada de dos niños.

Los padres y el hermano pequeño de Elisa se despidieron de ella dos años después de que la joven entrara en la universidad. Se mudaba. Iba a compartir el alquiler del piso con un par de amigas, habían tenido suerte, estaba muy bien de precio.

Su madre llamaba todos los días para preguntarle cómo iban las cosas. Siempre estaban bien. Elisa se turnaba con sus compañeras de piso para hacer las comidas, aunque hubo de pasar un tiempo hasta que dominaron aquello. Hasta entonces la madre de Elisa les daba de vez en cuando comida de casa.

La carrera era muy dura, pero ella se las apañaba, e incluso tenía tiempo para salir a divertirse. No era mala vida.

Pero, como ya he dicho, este es un juego caprichoso y en la vida no es todo de color rosa. Tiempo después el padre de Elisa falleció de un cáncer de pulmón, pues el hombre fumaba mucho y ahora le había pasado factura.

Elisa se fue del piso que compartía con sus compañeras y volvió con su madre para ayudarla. Años después se graduó e hizo el máster de medicina. Empezó a trabajar, y las cosas le fueron tan bien que pronto se compró un piso que compartía con su gato Félix.

En su trabajo conoció a un chico y empezaron a salir; se querían mucho. Tras dos años saliendo juntos, Elisa estaba segura de que era el hombre de su vida y quería casarse con él; ella no quería esperar. Pero apenas un día después el joven en cuestión la dejó y no volvió a verle. Aquello la dejó destrozada.

Los hijos de Anana nacieron bien y no hubo ningún problema ya que su marido seguía trayendo dinero a casa. La pequeña familia se las ingenió para meter a sus hijos en una escuela de una organización de ayuda a países pobres. Anana estaba radiante de felicidad.

Un año después su padre murió, y no por una enfermedad como habría sido típico en un lugar tan pobre. No. El pobre hombre tuvo la mala suerte de verse envuelto en un fuego cruzado mientras volvía del trabajo. No se pudo hacer nada por él.

Y, como las cosas siempre pueden ponerse peor, su marido empezó a encontrar dificultades en el trabajo y ya no cobraba tanto como antes. La pareja se resistió hasta el último momento, pero, finalmente, no hubo más remedio que sacar a los niños de la escuela para ayudarles a ganar dinero. Anana también volvió a la fábrica.

Elisa se recuperó y volvió a trabajar con normalidad, pero tenía la sensación de no sentirse realizada. Quería hacer algo más. De forma que un día, y por recomendación de un amigo, hizo las maletas y se fue a África. Se instaló cerca de un poblado como médico. Se dio cuenta, asombrada, de que ahí la necesitaban mucho más. Y eso le gustaba, se sentía bien. Un día, después de atender a una mujer durante el parto, se encontró con Anana. Estaba en el suelo y Elisa se acercó corriendo preocupada. Aliviada se dio cuenta de que no era nada grave, sólo había sufrido un desmayo. Elisa cargó con la mujer y la llevó hasta la sombra, a continuación le dio a beber agua de su botellita de plástico y le mojó la frente para refrescarla. Unos minutos después Anana abrió sus ojos almendrados y tomó la mano de Elisa agradecida. Ninguna entendía el idioma de la otra, pero ese era uno de esos momentos en que sobran las palabras. ¿No crees?

Está claro que podría haber escogido otros ejemplos, la verdad, no hace falta irse a África para contemplar las pocas facilidades que tienen otras personas. También podría haber elegido una vida aún más difícil y compararla con la vida de un multimillonario, por ejemplo. En cualquier caso creo que con esto es más que suficiente, no hace falta convertirlo en un drama. TODO puede cambiar, nada está predeterminado. Hay que seguir pisando firme, puede que a veces el camino ceda o un enorme pedrusco te interrumpa poniéndote la zancadilla, pero yo creo que vale la pena intentarlo. Además siempre habrá alguien que esté mejor que tú, pero también peor. Recuérdalo.

Juega bien tus cartas y, sobre todo, no tengas mucha prisa en acabar. Cuando te quedes sin cartas, entonces y sólo entonces, ven a verme y te regalaré alguna. VIVE.

Asimismo quiero destacar una última cosa: nosotros mismos somos los que creamos nuestras propias vías de destrucción. Esto suena realmente estúpido, pero es que... la naturaleza humana nunca y repito, nunca, se da por satisfecha.