@ CATEGORÍA B: Segundo premio de prosa: “Dar para recibir”: Paula Sánchez Carretero, 4º B.

 


El resplandor de una vela apenas iluminaba la pequeña habitación de madera, sin muebles, excepto una raída y vieja estantería al fondo, junto a la ventana. El cielo en el exterior era oscuro y mostraba su furia con una tormenta imparable. En el centro de la estancia dos niños se resguardaban del frió. El menor de ellos estaba asustado por la tormenta, el otro ni siquiera prestaba atención a su compañero.

Estaba jugando a la Nintendo DS como si le robaran el tiempo.

- Deja ya esa máquina de una vez, ¿quieres? No es justo…, es mía.

- Cállate.

No era la primera vez que esa conversación se producía exactamente así.

- Te contaré una historia, ¿de acuerdo? De ese modo, gracias a su moraleja, no me tendrás más envidia, ¿vale?

Así pues, dejando la consola a un lado, comenzó.


«Todo empezó cuando Mario estaba jugando al fútbol. Al querer alcanzar la pelota, se tropezó y se cayó. Al principio no parecía nada grave, pero al pasar unos días el chico se dio cuenta de cuánto le dolía de verdad la pierna. A pesar de que no fue un golpe excesivamente fuerte, no podía caminar bien. Eso resultaba un problema, pues Mario era un gran deportista, pero tras contárselo a su madre primero y al médico después, acabó por tener que llevar una escayola en la pierna.

Esto suponía al menos una semana de descanso, tumbado en la cama. Él creía que no era más que una exageración, pero su madre además le detectó un catarro y no se pudo librar. Bueno, al menos se consoló con no poder ir al colegio. Eso sí que era una buena noticia, y no lo de quedarse recluido en su cama, sin nada que hacer, tan solo imaginándose a los demás corriendo y riendo y... estuvo a punto de pegar una patada a la pared, aunque tuvo que contenerse. Era una lástima que dos cosas así fuesen de la mano.

Acabó por resignarse y se tumbó en la cama. Se pasaba el día tapado por esas sábanas azules y mirando al infinito, suspirando. Mario nunca había soportado tanta quietud junta, razón por la cual esa situación le superaba.

Los minutos pasaban, tan lentos como eternidades, y no había magia capaz de hacer avanzar el tiempo y quitarle esa carga. No le gustaba leer, no tenía televisión en su habitación ni le entusiasmaban las máquinas tipo play que obsesionaban a todos los chicos de su edad. Así pues su único entretenimiento era encontrar manchas y dibujos en las paredes y el techo. Nada muy emocionante, como puedes comprobar. Pasó un día, y después otro, y nada cambiaba, nada hacía más rápida su agonía.

Una mañana, mientras miraba por la ventana, observó a una joven pasar. Tendría más o menos su misma edad y caminaba alegre por la calle. Su pelo era de color marrón y estaba recogido en una coleta. Vestía con el uniforme de la escuela, por lo que era obvio a dónde se dirigía. Consultó un par de veces su reloj y desapareció por el otro lado de la calle.

No fue la única que pasó. Muchas personas corrían de un sitio a otro, provocando cada vez más odio y envidia en Mario. Así es, la envidia crecía cada vez más en su interior sin poder evitarlo. ¿Por qué a él? ¿Qué es lo que había hecho él para merecer eso? Mirando al exterior pensaba que nadie ahí fuera se merecía esa libertad más que él, pero ellos la tenían y eso era algo que le reconcomía por dentro.

Nada interrumpía esa clase de pensamientos, casi ni siquiera las ocasionales visitas de su madre para traerle la comida o las de su padre para ver cómo se encontraba. Sólo iba al baño de vez en cuando, y eso era lo más emocionante de todo... Ya habían pasado cinco días, sin embargo pensaba que no iba a poder aguantar dos más. No había lugar para la tristeza en su cuerpo, no, quizá se autocompadecía, pero no saldrían lágrimas de sus ojos, eso seguro.

Al día siguiente volvió a ver a la misma chica pasar. En esta ocasión ella iba corriendo, era por la tarde y tenía un balón de baloncesto en la mano. Estaba rodeada de mucha gente, todos jugaban y reían sin parar... enfrente de su ventana. Si no hubiese sido por el dolor palpitante en su pierna, Mario habría bajado sin dudarlo un momento, no se sabe bien si para apuntarse al juego, o para dejar bien claro su odio a esa niña. ¿Es que siempre tenía que ir corriendo a todos lados? ¿Es que nunca podía sentarse simplemente a parlotear y cotillear sobre cosas insustanciales, como hacían todas las chicas de esa edad? No, ella tenía que marcar la diferencia, y justo enfrente de su casa, no había otro lugar.

Cada minuto que pasaba, cada hora, la odiaba más y más. No podía evitarlo... Y así pasaron los dos días restantes. Enseguida notó la mejoría y cesaron los dolores, así como los quejidos. Se entusiasmó en cuanto le comunicaron las buenas nuevas: ya era la hora de que le quitaran la escayola. Ya no era necesario más descanso. Ya no hacía falta seguir envidiando a los demás. Ahora él podía hacer cuanto quisiera. ¡Ya había terminado TODO!

No lo dudó un instante, era sábado por la tarde, todos los chicos y chicas de su edad estarían en la calle, y él era libre para hacer lo que quisiera. Tras arreglarse, salió. No tardó, por descontado, en ver a la muchacha culpable de sus celos pasados. Ella estaba jugando, tranquila, cuando en seguida terminó la partida. Ella se sentó en el banco de al lado, se subió los pantalones y... entonces es cuando pudo observar claramente la pierna ortopédica.

Él tuvo un incidente, y durante una semana no se movió, pero ella no volvería jamás a ser la que un día fue. Siempre tendría esa pierna artificial, y había aprendido a vivir con ello e, incluso, casi olvidarse por completo de que la tenía»

-¿Qué es lo que me quieres contar con esa historia? No es que no sea bonita, pero no entiendo. ¿Es que quieres que me sienta mal por ti?

- No - afirmó el narrador-, en absoluto.

- ¿Entonces?

- Sólo quiero que comprendas que a veces no debes auto compadecerte. Podrías comprender mejor la situación de los demás. Yo por ejemplo, no tengo DS en mi casa, por lo que nunca puedo jugar. Tú, sin embargo, la tienes siempre. Y siendo sincero, ¿tanto la necesitas ahora? ¿No me la puedes dejar? Quizá te parezca un poco egoísta. ¿Es que no te presto yo mis cosas cuando me las pides? Recuerda siempre que cuando das, también recibes. Y viceversa: cuando obtienes cosas de alguien, no debes de ser egoísta con esa persona. Toma tu consola.
Y, entregándosela, ambos amigos se dedicaron una enorme sonrisa. Aunque es cierto que ninguno de los dos llegó a jugar mucho con la máquina, ambos habían aprendido una valiosa lección.