Sin más,
ceder
ante la velada impaciencia
de definirse,
dejarse envolver
hasta que el temor
se difumine en el eco de tu nombre;
introducirse
en la cadencia caduca
de girar sobre uno mismo,
coserse los ojos,
conmover a los espejos.
Si escribir poesía
es desnudarse,
si las palabras,
recios tejidos,
se suceden por mi piel
mecidas por la luz
que aguardan tus ojos,
si la infame mirada
se detiene
ante mí, para observarme,
y sólo ve
un descenso de sombras;
sólo quiero
que seas tú,
quien,
en su mudable juego,
las sorprenda.
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