@CATEGORÍA C: Segundo premio de prosa: “La ficción es lo único que auxilia a los inconsolables”: Julia Salvador, 2º C de Bach.

(Eva Pascual y Ana María Merchante recitando poemas de Idea Vilariño en el acto de entrega de premios literarios)

Sus manos son tan sólo el sueño del contacto tardío de su piel. La huella de su aroma ciñe su cintura melindrosa, devastadora, brutal.

El vigilante acecha impasible la arrulladora figura. Memoriza la unión de sus rodillas, los pequeños pies, la línea diáfana de su espalda.

El trémulo líquido de su mirada se revuelve intranquilo, observa su débil contorno perceptible. Sus ojos dicen desgárrame.

Su lengua es ahora caramelo derretido en el ardor de un paraíso detenido. Y dos cuerpos se buscan -cuando contacto no significa necesariamente tocar, ni buscar haberse perdido- en un universo abandonado, vacío y quieto, que arrastra las voces de los miles de rostros que conviven en nosotros.


Un teléfono suena.

Un cuerpo serpentea en un paraíso diáfano de sábanas. Al fondo, el teléfono se queja lastimoso. Es sábado.

Algunos sólo escriben lo que nunca pudieron vivir para no morir de impotencia.
Una miríada de luces se filtra por la persiana, evocando un silencioso conjunto de sombras inmóviles. Expectantes, se preparan para la función.

- Hola, soy Muela, ahora mismo no puedo atenderte. Deja tu mensaje después de la señal... Beeeeep.

- Dios, llevo toda la mañana intentando hablar contigo. ¿Se puede saber qué te pasa? Es el quinto mensaje que te dejo. Necesito que hablemos. ¿Puedes llamarme? Un beso.

Un vaso de agua insomne observa la mueca invisible de dolor. El cuerpo ha tensado todos sus músculos, y unos ojos nacarados buscan desorientados la luz. El beso ha llegado a su receptora, ha arañado la piel de su cuello y se ha detenido en la comisura de sus labios, lacerante. No puede contener un rictus de dolor. Busca a tientas el vaso, que espera dócilmente apoyado sobre la mesita, deseoso de ser útil, llene la boca seca. El vaso no tiene la culpa del extraño sabor de su agua, su dueña lleva varios días en la misma posición sin articular palabra ni molestarse por el andrajoso estado de la fauna de su habitáculo.

Hay personas que siempre tienen sed, y lo peor de todo es que no saben qué puede saciarlas.

El reloj de pared está sumido en un curioso mutismo. Todos sus compañeros están acostumbrados a su vacilante tartamudeo, y sin embargo, parece haberse abandonado al deseo de evasión de su amiga en un estado simbionte de prolongada prudencia.

El teléfono vuelve a sonar.

Vuelta a la realidad. La impaciencia consume al cuerpo, que en su inviolable estado, se niega a la aceptación de los hechos.

- Hola, soy Muela, ahora mismo no puedo atenderte. Deja tu mensaje después de la señal… Bcoocop.

- Muela, por favor, escúchame. Sé que estás enfadada, y tienes todo el derecho a estarlo. De hecho, entenderá que me odies, he sido un verdadero capullo. No puedo soportar que estés sufriendo por mi culpa... No te mereces lo que te estoy haciendo, pero es que cuando estoy contigo, se me olvida todo lo demás y... Lo siento muchísimo, por favor, no me odies...

Las palabras de Quebranto se descodifican en la mente de Muela como un superfluo victimismo. La gente prefiere engañarse a sí misma y dejarse magullar por su propio dolor, creyendo que sintiéndose culpables pagarán su deuda con la justicia, siendo plenamente inconscientes de que el verdadero motivo para la culpabilidad es la incapacidad de reconocer esa voz en sus cabezas que advierte de lo malas personas que son. Nos enseñaron a arrepentimos para conseguir el perdón, ya sentimos mal para sobrellevar nuestros delitos, no para solucionados. Culparse a uno mismo no arregla problemas, sólo es una forma egoísta y gratuita de pretender escapamos.

Tenue, imperceptible, la leve figura muda sus sombras en un eco pálido. La habitación se desviste en un tímido juego de mantas, y Muela se desliza hasta la ventana. Aspira con calma el olor a tierra mojada de septiembre, escucha el canto alegre y remoto de los pájaros. Sólo es una mañana más.

El vaso vacío ahoga un grito al ver a su amiga clavándose las uñas en los muslos con ferocidad, mientras su cuerpo se dobla hacia delante respirando entrecortadamente. No puede abrir los ojos, le escuecen, pero si elige cerrarlos, ve la imagen de Quebranto, a tan sólo cinco centímetros de ella. Más cerca, por favor, más cerca. Sabía que aquello pasaría. En el fondo, sabía que acabaría haciéndose ilusiones. Aquello estaba condenado a fracasar desde el mismo momento en que puso sus labios en su oreja humedecida, su cálido aliento susurrándole I hurt myseff today... to see if still feel..

Riiing... Riiing...

Siente náuseas. La habitación se disuelve en un torbellino borroso.

Riiing... Riiing...

- Éste es el último mensaje que voy a dejarte...

- Quebranto -incluso el teléfono está sorprendido de este súbito esfuerzo. Muela ha conseguido levantarse y descolgar el aparato.

Sólo le queda un hilo de voz.

- Por fin... ¿Estás bien? Siento estar haciéndote daño...

- Sí. Había salido, acabo de escuchar tus mensajes.- Muela hace un esfuerzo por resultar convincente. Nunca se le dio bien mentir, ni plantarle cara a sus miedos. Quiere sonar tajante, decidida; pero su voz se esfuerza por mostrarse débil - Lo único que quiero es una explicación. No entiendo cómo en una semana has podido cambiar más de cuatro veces de opinión, así, sin más...

- Sólo he cambiado una vez, y ha sido hoy. Hoy me he dado cuenta de que estoy enamorado de dos personas al mismo tiempo, y es que no sólo he tenido que elegir entre dos chicas, he tenido que elegir entre dos vidas.

- No digas eso. No es justo para mí. Apenas me conoces, es imposible que estés enamorado de mí.

- Pero es cierto. Al menos, lo estoy de lo poco que te conozco.

- - Deberías haberte aclarado las ideas antes de hacerme ilusiones. Antes de mentirme, y antes de hacerme daño. Tomaste una decisión en el momento en el que decidiste que volviéramos a vemos. Yo lo único que intenté fue que no hicieras algo de lo que pudieras arrepentirte más tarde.

- Incluso eres honrada... Eres demasiado buena, y eso me pone las cosas aún más difíciles.- Un tardío silencio se apoya en una respiración profunda. Ni siquiera tiene fuerzas para responder a eso. - Me odias, ¿verdad?

Sólo busco la objetividad de un sentimiento.

- Éste es el último mensaje que voy a dejarte... Lo siento mucho, has llegado a importarme más de lo que imaginaba. Espero volver a verte algún día.

La conversación ni siquiera ha tenido lugar. Sólo ha ocurrido en la imaginación de Muela, que escucha el mensaje temblando violentamente mientras mete la cabeza en la tapa del retrete.