


Las Rozas, 22 de marzo de 2006
Escribo para desahogarme
Escribo para desahogarme,
para expresar mis sentimientos,
escribo hasta hacerme sangre,
y lo grito a los cuatro vientos.
Son los ojos espejo del alma,
son los espejos reflejo de mí,
paro delante y observo con calma,
espero a saber lo que logro sentir.
Ahora no sé que es lo que siento,
tampoco sé si lo quiero saber.
Ahora digo que a la suerte tiento,
que me he rendido, que no sé que hacer.
¿Dónde está mi alma?
¿Dónde está mi corazón?
¿Dónde está la calma
que dicen que trae el amor?
Para algunos el amor existe,
yo cada vez más dudas tengo,
lo único que consigo es estar triste
cuando ofrezco todo lo que tengo.
Doy todo, y recibo decepción.
Doy todo, y se esfuma mi felicidad.
Doy todo, y siempre con buena intención.
Doy todo, y se aprovechan de mi bondad.
Siempre vemos sólo lo que queremos ver,
nunca nos interesa la realidad.
No somos quienes decimos ser,
jugamos con los sentimientos de los demás.
(Ignacio Herranz) VOLVER AL ÍNDICE
Con el arrullo del viento,
y la brisa de la mar,
desde un rincón tranquilo,
veo la gente pasar.
Veloces y con problemas,
no descubren al caminar,
el hermoso paraíso
de agua y viento sin igual.
Todo fluye en un sentido,
que tú no podrás variar,
pues si el tiempo no aprovechas,
el no volverá a pasar.
Por lo tanto lo perdido,
se acumula, sin pensar
que quizá, luego de viejo,
la añoranza llegará.
Y lamentarás entonces,
el no haberlo disfrutado,
los detalles, lo pequeño,
antes de ser ya pasado.
Pues aquello no vivido,
ese tiempo desechado,
permanecerá contigo,
como un grito siempre ahogado.
(Claudia de Santiago) VOLVER AL ÍNDICE
Miró el cielo, el vacío,
y no vio nada, nada.
Ni a un ser querido
ni a un amigo a sus espaldas.
¿Merecía de veras seguir vivo,
sin nadie que lo esperara?
¿Merecía la pena aguantar más para luego…
nada, nada, absolutamente nada?
Si hubiese sido afortunado,
solo un poco.
Si hubiese tenido la suerte de querer a alguien,
o ser querido por otro.
Pero no había nada, nada.
Su corazón roto, rota su alma,
Solo quedaba romper el cuerpo y volar…
Hasta el vacío, hasta la nada.
Porque cuando nada hay, nada vale,
nada tienes, nada.
No queda un atisbo de luz,
no que da una mínima esperanza.
Es mejor dejar roto el cuerpo, el corazón,
el alma.
Es mejor cerrar los ojos a la luz.
Cierra la mente y…
salta.
(Cristina Sánchez Esteban) VOLVER AL ÍNDICE
Koji se quedó parado en la puerta del centro comercial, contando los regalos que debía comprar para estas Navidades. Decidió empezar por el regalo de su abuela y se dirigió a la librería. De camino se paró y miró a su izquierda, algo le había llamado la atención en uno de los bancos. Se trataba de una chica de unos dieciséis años (como él), rubia, tan rubia que parecía que tenia el pelo blanco, de piel, también, muy clara y unos ojos azules, casi transparentes, que miraban a todas partes sin ver nada, pero lo que más llamó la atención de Koji no fue su aspecto físico, si no su ropa, un vestido blanco de tirantes y unas botas marrones.
¿Qué hacía vestida así en pleno diciembre y nevando? En fin, no era asunto suyo y tampoco quería ser cotilla.
Entre empujones se abrió paso por la multitud hasta llegar a la librería, eligió un libro rápidamente y se puso a la cola.
A las cinco, Koji , se dirigió a la salida con dos bolsas llenas de regalos y se encontró con sus padres. Pero antes de salir a las calle Awiyumi de Tokio, giró la cabeza hacia el banco y allí seguía la misma chica, mirando a ninguna parte.
-Mamá, ¿me puedo quedar un rato más?- le preguntó Koji- es que creo que me he olvidado algunas cosas.
-De acuerdo, pero nosotros tenemos que volver a casa. Toma dinero para el autobús. No tardes, hijo- añadió.
-Tranquila- le contesto mientras salían.
Una vez solo se dirigió al banco y se plantó delante de la muchacha, pero ella seguía sin verle.
-¡Oye!, ¿me escuchas? ¿Te pasa algo?- le preguntó.
Ella fijó sus ojos cristalinos en él y después de unos segundos, respondió:
-No lo sé- dijo.
-¿Qué es lo que no sabes?- preguntó molesto, pues ella no parecía querer colaborar.
-Nada.
-¿Cómo que “nada”?, algo tendrás que saber. ¿Cuál es tu nombre?
Se lo pensó, como tratando de recordar.
-Eika- respondió.
- Bien, yo me llamo Koji.- pasaron unos segundos...- Oye, ¿qué haces aquí?, pareces
perdida.
-Eso es, estoy perdida, no sé quién soy.
Koji no sabía si creerla, la verdad, empezaba a pensar que estaba chiflada.
-Yo creo que tienes que ir al médico y...
-¡No!, yo me tengo quedar aquí, hasta recordar...
Koji no se esperaba esa negativa, de modo que cambió de táctica.
-¿Cuánto tiempo llevas aquí?- le preguntó.
-No lo sé, muchos días, muchas noches...- respondió.
-¡¿Y no te has movido de aquí?!
-No- dijo como si nada.
-Pero debes de estar hambrienta, sedienta, muerta de frío...
-Puede ser, no estoy segura.
¡Esto era alucinante! La chica ésta iba a acabar con su paciencia.
-Eika, ven conmigo, te voy a dar algo de comer.
La cogió de la mano y la llevo a una cafetería, allí pidió un bocata, un té caliente y una coca-cola para él.
La llevó hasta una silla y la sentó. Ella lo miró y, por primera vez, esbozó una pequeña sonrisa. La sonrisa no dejaba de ser bonita, pero le daba un aire de loca.
-Gracias- le dijo.
-¡Ah!, de nada- dijo Koji, encogiéndose de hombros- No es para tanto.
-Yo creo que sí, llevo ya varios días en ese banco y nadie me ha mirado siquiera o, si me miraban, me ignoraban. Tú has sido el primero que me ha ayudado, eres muy amable.
Koji se quedó mirándola, parecía que Eika empezaba a reaccionar.
-Oye, ¿eres una mendiga?- le preguntó.
-No- dijo Eika, por toda respuesta.
Eika parecía una niña feliz y Koji sonrió.
De pronto entraron dos hombres encapuchados y armados.
-¡Qué nadie se mueva y no habrá heridos!- dijo uno- Tú-dijo dirigiéndose al camarero jefe- entrégame todo tu dinero.
Koji notó algo frío cogiéndole de la mano, se giró y vio a Eika, estaba helada, más pálida que de costumbre y unas lágrimas le rodaban por sus mejillas. Koji pensó que estaba asustada y le dijo:
-No te preocupes, no pasa nada.
Y, efectivamente, el camarero, mientras llenaba la bolsa de dinero, apretaba un botón de alarma en el suelo, con el pie.
Al instante llegó la policía y detuvo a los ladrones, y el camarero invitó a una ronda de batidos gratis.
-Lo ves,- le dijo Koji a Eika- no pasa nada.
Y al girarse la vio sonriendo, sus ojos de cristal estaban como iluminados, parecía una niña pequeña con una enorme piruleta.
Le sorprendió que se emocionara tanto y también sonrió.
Cuando Eika terminó de comer salieron de la cafetería y se sentaron en un banco. Desde allí vieron a una niña de unos cinco años, que lloraba a moco tendido. La gente de su alrededor la ignoraba y eso molestó mucho a Eika, que miraba a todos con cierta dureza. Se levantó y fue directa hacia la pequeña, Koji la siguió.
-¿Te has perdido?- le preguntó.
-No sé dónde está mi mamá- dijo la niña entre hipidos.
Eika la cogió de la mano y le dijo:
-Tranquila, enseguida encontraremos a tu mamá -le sonrió y miró a Koji- ¿verdad que sí, Koji?
Koji se había quedado embobado, le sorprendía la madurez con la que Eika la trataba, como si fuera su madre, cuando, momentos antes, era ella la que parecía una niña perdida.
-Claro que sí- consiguió decir.
Eika rió, era la primera vez que la oía reír.
Se recorrieron prácticamente todo el centro comercial y finalmente encontraron a la madre de la pequeña.
-Muchas gracias- les dijo.
-De nada.- respondió Eika-Adiós Kolulu- le dijo a la niña.
Eran más de las seis y Koji pronto se tendría que ir, además, Eika estaba bien y no parecía tener ningún problema.
Se habían sentado en un banco, delante de una fuente. Koji volvió a notar algo frío (frío es poco, yo diría helado) y, como antes, volvía a ser la mano de Eika.
-¡Madre mía! ¡estás helada!- exclamó.
-¿A si?,- preguntó, mientras se tocaba la cara- no parece.
-¡Qué dices!, estás helada, aunque no me extraña, llevas ropa de verano.
-Si tu lo dices...Oye, ¿no será que eres tú el qué está muy caliente?
-No, no, tú estás demasiado fría.
Koji se quitó el abrigo y se lo dio a Eika.
-Póntelo, ya verás que estarás mejor.
Un grito hizo que ambos rebotaran en sus asientos. A lo lejos había dos hombres discutiendo a voces, intentaban llegar el uno al otro, pero otras dos personas los sujetaban, a duras penas.
Eika los miraba horrorizada y ya asomaban un par de lágrimas por sus cristalinos ojos.
-“Esta chica es muy rara,- pensó Koji- quiero decir, se emociona con una facilidad tremenda, es como si... como si sintiera las cosas con el doble de fuerza que los demás.”
-¿Por qué?- le pregunta Eika a Koji.
-¿El qué?
-¿Por qué se pelean?, ¿es que se odian?- dice.
-Bueno- no se le daba muy bien explicar las cosas- las personas... no siempre estamos de acuerdo en algunos aspectos.
-Pero no creo que haya que llegar a eso.
-No, ciertamente, son un poco exagerados.
-¿Se odian?
-Puede...
-El odio es malo,- dijo Eika- no trae más que problemas, es un sentimiento que no debería existir.
-Seguramente tienes razón, pero el caso es que existe.
-¿Qué es lo contrario del odio?, ¿qué le planta cara?-le pregunta Eika.
-“¿Cómo se lo explico?...!Ah, ya sé!”-se metió la mano en el bolsillo y extrajo un collar del “ying y el yang”.
-Mira- le dijo Koji- la parte negra es el mal y la blanca el bien, cada uno ocupa el mismo espacio que el otro en el círculo. Sin embargo, en el mal hay un puntito blanco y viceversa, quiere decir que en el mal siempre existirá un poco de bondad y al revés. Nada puede ser puro del todo, ni malvado del todo. Así funciona el mundo, en equilibrio. Toma.-le dijo Koji, mientras le daba el colgante.
Eika estaba maravillada con su explicación, cogió el collar y se lo puso.
-Muchas gracias.
-Es que, como he visto que te emocionas con facilidad, he pensado que te irá bien tenerlo.
Estaba empezando a oscurecer y salieron fuera del edificio, a plena calle de Awiyumi. Eika se giró hacia Koji:
-Gracias Koji, me lo he pasado muy bien contigo y he aprendido mucho.
Sería cosa de Koji, pero le dio la sensación de que Eika brillaba, sus ojos parecían luceros y de su espalda comenzaban a salirle...¿alas?
-¿Eres un ángel?- preguntó Koji, Eika sonrió.
-Gracias a ti he superado la prueba y recuperado mis recuerdos. Ahora sé que sin tristeza no hay alegría, sin odio no hay amor... que el mundo es un equilibrio entre el mal y el bien.
Eika se acercó a Koji y lo besó, transmitiéndole una pequeña parte de su eterna sabiduría, porque los ángeles son sabios,¿verdad?
“Así pues, toda la existencia se reduce a un collar, el collar del “yin y yang”, tan sencillo y tan complicado como eso.”.
(Marta García Cuchillero) VOLVER AL ÍNDICE
Espero conseguir mi propósito con estas palabras. Necesito que entiendas que estos pensamientos los explica mi esencia o lo que ahora mismo quede de mí. No quiero que sientas que deseo atormentarte, sólo busco tu reflexión.
Fue muy duro dejar de existir. Muchas veces pensé en la muerte antes de que todo esto sucediera. A mí me hicieron falta cuarenta y siete años para comprender lo que ahora pretendo que tú entiendas. Qué habrá pasado con mi vida, con lo que me ha ocurrido en estos años. Ahora la ruleta seguirá girando y las personas que lo eran todo para mí reharán sus vidas. He cambiado de fase y el tiempo me llevará al olvido. ¿He sido un peón toda mi vida? No lo sé, no existo. No puedo pensar, ni hablar, ni sentir. Ya no soy yo, ya no soy nada. Pero sigo estando. No sé cómo ni por qué, pero es así. Voy a hacer útil mi muerte, ése es mi propósito.
Te preguntarás por qué me estás escuchando tú, pero pierdes el tiempo si pretendes comprender los motivos por los cuales te he elegido a ti. No lo intentes. Limítate a abrir tu mente y a escuchar, sólo a escuchar...
Ocurrió en Pakistán, trabajando como muchos de los reporteros que me acompañaban. Fue horrible la estancia allí. Espantosa. Sería incapaz de contar cuántas eran las personas que veía morir cada día. ¿Decenas? Tal vez. Pocos recuerdos claros guardo de esos últimos momentos. Pero puedo distinguir uno. El más claro de ellos es el más duro, el más doloroso. Teníamos que encender la cámara, el trabajo hay que cumplirlo y era la única forma de que entendierais mínimamente lo que allí se vive. Aunque nunca era suficiente. No podíamos evitar que dejaras de pensar en lo bonitas que son tus manos o en si podrías obtener un ascenso... pero tampoco sería justo culparte por ello. Miles de personas se dejan la vida entre balas y atentados, mueren de hambre cada día más niños de los que nacen aquí en un minuto... Tal vez ni puedo darme el lujo de agrupar sesenta míseros segundos en esta comparación. Sesenta segundos... Pero no lo sé.
Hugo iba a encender la cámara y yo me disponía a hablar ante el objetivo. Pocas veces podíamos salir a la calle y hablar frente al aparato, pero aquel día decidimos enseñaros lo que vivíamos, aunque nos llevara la vida en ello. Mi vida... Y hubo un momento, no recuerdo cuál fue, en el que aparté la vista de la cámara y miré a mi alrededor. A mi izquierda, un hombre luchando con las pocas fuerzas que le quedaban contra un buitre, que ansiaba devorar el cuerpo magullado de lo que parecía un ser humano. A mi derecha, un niño llorando sobre el cuerpo inerte de su madre, apretando con fuerza las huesudas manos empapadas en sangre del que fue su hermano mayor. Y me di cuenta de que ese niño estaba más muerto en ese momento de lo que yo nunca podría estar. Queriendo vivir y muriendo a la vez. Qué le quedaba, ¿su vida? Qué era la vida entre tanta muerte. Un tesoro que sólo unos pocos lograban mantener intacto. Ninguna de esas personas se merecía soportar la cruel vida o vil muerte a las que los poderosos les condenaban. Los vivos huían de la muerte, aunque no tenían más vida que los que, al fin muertos, ya vivían. -¡Calla! Sé que es posible que no compartas mis pensamientos, pero sólo pretendo que oigas las palabras de alguien que, a diferencia de muchos, ha vivido entre la muerte-. Delante de mí... ya no más. Lo siguiente que recuerdo es el comienzo de mi fin.
Agradeceré el minuto de silencio que guardaréis por mí y mis compañeros periodistas. Pero para nosotros sería más gratificante que reflexionarais sobre esto. Porque mi vida era vida cuando vivía, pero he podido comparar la vida de un niño indefenso con lo que, ahora sé, es la muerte.
(Mª Jesús Ramos) VOLVER AL ÍNDICE
(
CATEGORÍA B
Podría limitarme a lamentarme, a dormir y no despertar, a ir de aquí hacia allí con la mirada perdida, a buscarte...
Cada día podrías ser la persona en la que sólo pienso, o aquella que no sale de mi mente y mis sueños, aunque nada de lo que hago y pienso tiene algún significado, porque vivo en una burda y falsa mentira. Todo lo que pienso ser, se desborda por tus ojos y, todo lo que soy, lo contemplo en la torpeza de los míos. Ando en requiebros por la vida, no me importa que se rían de mí, yo soy feliz en mi crepuscular fado de angustia y añoranza.
Quiero soñar como las cuerdas de tu sonrisa y quiero llegar a creer que en un futuro todos tendremos alas para volar, que mis condiciones preadolescentes no sorprenden a nadie y que los dibujos animados existen en realidad, y los esconden en una alta cima en la que hay un enorme castillo y un cielo despejado de mentiras, con un arcoiris, y donde nosotros no podemos nunca llegar.
Mi vida es como un complejo concierto de Mussorgsky: primero me cuesta admitir las circunstancias y, una vez conseguido el reto, todo da un giro completo; lo que creía que era de una manera es de otra, y viceversa. Tampoco puedo conformarme con tener un hada madrina que me pudiera ayudar a encontrar lápices afilados, con los que dibujaría líneas sin parar, algo que adoro. Me conformaría con el duendecillo de los cereales del desayuno o con un peluche pomposo que hablara y que a la vez supiera escucharme, como hace el magnífico gotelé de la pared de mi dormitorio.
Me gustaría ser un instrumento musical; que me tocaran con la fuerza de esas manos impregnadas en pasión, sufrimiento y desahogo , y que por lo menos esas dos personitas que me engendraron, cual arquitecto a un puente, vean en estos ojos de enamorada y sufridora compulsiva mi necesidad de amor, no sólo de mi querido pijama...
Me gustaría ser el personaje de uno de tus libros preferidos, o esa tapa del bolígrafo que tanto veneras en apuradas situaciones y que en cada uno de mis estados de ánimo apareciera una canción de fondo.
Me gustaría poder reflejarme en las bolas de un árbol de navidad; poder darte un golpecito en la espalda y después, besarte; tener una casa forrada con páginas de libros; marcar las doce de la madrugada cada vez que miras el reloj...
Estoy cansada de que la gente robe mis ilusiones recordándome que el Hombre del Saco ha muerto porque sé que no es cierto; o que el padre de Bambi nunca existió porque yo le vi; que pinocho sea de madera de fresno y no de pino; que los elefantes no vuelan o que no pueda deslizarme por una barandilla sin caerme, como Mery Popins.
Que las hojas de los árboles no sean las lágrimas de los mismos, que el agua caiga ininterrumpidamente de todas las cascadas, que pueda comprender los poemas de Góngora, que tenga como respuesta a todas las preguntas un pareado y que naveguemos juntos sobre un barco transparente...
Pero, cuando aparezca por la puerta de tu casa con un gran ramo de rosas púrpuras, no desistas; abre la puerta, salta todas las vallas, cruza todas las fronteras, ya nada tiene límites...
Cuando estés limpiando tus gafas y le veas reflejado en ellas, no corras en busca de una falsa cabina telefónica que te auto- transporte a sus sueños, vive su realidad.
Pero es absurdo pensar que quiera cambiar mi vida para tenerte...
Asimilaré tener que dejar de escuchar cada mañana el ruido del despertador y seguir agarrando mis tobillos dando vueltas sin parar. O tendré que admitir que realmente el hipérbaton es actual, cuando fuimos nosotros quienes cambiamos la estructura de las frases, y no Cervantes; que deje de poner esa cara de embobada cuando me miras y también dejar de escribir relatos cortos, sin sentido, para el concurso de literatura del instituto...
9:00 AM. Jueves 29 de Marzo del 2007. Un día normal, salvo por que hoy se cumplen cuarenta y siete años desde la última vez que vi a mi hermana Inés. En estos momentos recuerdo más que nunca la peor época de mi vida, la guerra. Todas mis pesadillas empiezan cuando tenía 8 años, era una niña feliz, no me faltaba de nada, pero como siempre se dice, la felicidad algún día termina y el final de la mía fue ese. Vivía con mis padres, José y Ana, mis dos hermanos mayores, Juan y Pablo y mi hermana pequeña, Inés. Todo se complicó al inicio de la guerra, mi padre y Juan debían irse para ayudar en el ejército, esto suponía mucho más trabajo en casa y, aunque ellos creían que era demasiado pequeña, había aprendido a darme cuenta de ciertas cosas y sabía que no era un viaje cualquiera.
Pasaban los días y cada vez se notaba más su falta, el nerviosismo que llegábamos a tener cuando no había noticias suyas en varios días era inexplicable, era horrible. Parecía que nada podía empeorar, sin duda, estaba equivocada, todo se complicó aún más, el país cayó en crisis, empezamos a empobrecer, mi madre comenzaba a tener problemas para educarnos... Aquello no mejoraba con el paso del tiempo.
Después de meses de espera nuestro padre regresó a casa, pero venía solo, Juan no estaba, Juan había muerto. Siempre supimos que esta noticia podría llegar de un día a otro, pero nunca estuvimos preparados para escucharla.
A la llegada de mi padre todo cambió, las cosas sin duda seguían empeorando, hacía tiempo que no escuchábamos una buena noticia y éramos conscientes de que era mucho más el que nos quedaba para escucharlas. Mis padres empezaron a tener problemas, ya no nos podían ofrecer seguridad, ellos eran vigilados muy de cerca, Pablo vivía escondido e Inés y yo ya habíamos crecido pero seguíamos sin ser útiles para resolver sus problemas. Una noche noté a mis padres especialmente raros, nerviosos. Nos reunieron en la cocina para hablar, puedo asegurar que fue la peor noticia de mi vida, Inés y yo debíamos irnos, nos dieron unas indicaciones para llegar a un lugar seguro y Pablo partiría por otro sitio, nada era explicable ni llegó a serlo nunca, comenzaron a llamar a la puerta, mis padres nos sacaron corriendo por la puerta de atrás pero no entendíamos nada, un montón de gente comenzó a entrar en casa y mi madre se dio la vuelta y me dijo “se fuerte, siempre estaré contigo” Pablo nos agarró del brazo y nos fuimos, nunca volví a ver a mis padres. Pablo nos acompañó un rato y finalmente nos separamos.
El tiempo pasó, por fin las cosas mejoraron, así que la compañía dejó de ser tan importante. Inés y yo nos separamos, desde aquel día no se nada de ella.
Después de recordar mi infancia, de contar los años que hace que esto sucedió y seguir teniendo la esperanza de que algún día llegara a ver a mi hermana cogí las llaves y me bajé al bar.
- Buenos días señora, ¿ Lo de siempre está bien?.
- Sí Pepe, me sentaré en aquella esquina.
Nada cambiaba, miraba por la ventana, la gente paseaba por la calle feliz, niños pequeños, mayores... de todas las edades. Pero me veía en la misma soledad de siempre.
- ¿María? ¿Eres tú?-
- Si, soy yo. ¿ Quién es usted? – contesté sorprendida
- ¿ Es que he cambiado tanto?-
- No puede ser... ¡¡Inés!!
En ese momento volví a sentir la alegría que tanto me faltaba.
Hablamos y hablamos durante todo el día, me presentó a su marido y a sus hijos, sentía que a partir de ese momento recuperaría todo el tiempo perdido. Habían sido cuarenta y siete largos años sin noticias, y por fin estábamos juntas de nuevo. La verdad, todo era perfecto... ¡Volvía a ser feliz!. Un pitido lejano se empezó a escuchar... cada vez sonaba más fuerte ¿De dónde vendría? Seguramente la alarma de algún reloj o un móvil, ¿por qué no lo apaga nadie?.
9:00 AM. 27 de Marzo del 2007, todo había sido un sueño; y los sueños, sueños son. Un jueves como otro cualquiera, una vida normal llena de recuerdos de la guerra imposibles de explicar, imposibles de cambiar.
(MARTA BLANCO) VOLVER AL ÍNDICE
POESÍA
PRIMER PREMIO,
Abismo infinito que te absorbe,
horizonte que engaña tu pupila,
marea que barre tus problemas,
y los aleja, y los acerca, y los revuelve.
Vida que se escapa y tú la dejas,
recordando tan sólo la sal, el mar y sus olores,
nubes que se alzan y te llevan,
sueños grises en algas de colores.
Susurro de las caracolas,
que confiesan el engaño del espejo,
al fondo, luces si las buscas;
ostras que clarean tu cabello.
Y tú peinas la edad menuda
sin darte cuenta de que hace un segundo
eras otra…que se llevó la marea
(JULIA SALVADOR) VOLVER AL ÍNDICE
SEGUNDO PREMIO, “EX AEQUO”
Ardiente sazón.
Infancia relegada que agita sus alas.
Siente cómo se bate su ausencia,
como el mar y el fluctuante bordoneo de su evidencia.
Removiendo mi mesura,
con su mirada.
Pasión.
Amasando el dolor, y callando.
Como una flor marchita.
Un misterio escondido,
melifluas laderas que te observan
con miradas mentoladas
y un recuerdo.
Templado, templado, templado...
Destapa tu mezquina realidad.
Abre los ojos.
Llora todo lo que puedas, grita todo lo que quieras,
y corre.
Corre tan rápido que ni los días
te puedan alcanzar.
Descorcha esta mentira, cierra los ojos...
No eres nada, un vil pasado
y frío, frío, frío...
(MACARENA SÁNCHEZ) VOLVER AL ÍNDICE
POESÍA
SEGUNDO PREMIO,
Y selló sus labios con un beso
Y selló sus labios con un beso
ardiente, dulce, intenso;
derritiendo la escarcha de su corazón,
cada estalactita de sentimiento helado.
Floreciendo la esperanza de su jardín de desilusión
donde regaba con sus lágrimas cada sueño plantado.
Y se detuvo el tiempo para ellos,
todo se convirtió en un remolino multicolor,
trepando escalofríos por su cuello,
robó aquel beso desgarrador.
Y el cielo comenzó a llorar de envidia
y suspiraron todos los recuerdos
sonriéndoles con malicia,
olvidando todo pensamiento cuerdo.
(JULIA SALVADOR) VOLVER AL ÍNDICE
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