Premios del Concurso Literario
“Jorge Jordana” 2008

CATEGORÍA A
Sintió un vuelco al corazón nada más cruzar la puerta.
El sofá, la televisión, la mesa…
Todo seguía en su sitio, y sin embargo se le antojaba diferente, como un sueño.
Tenía la sensación de quien vuelve al hogar tras un largo viaje; cansancio y paz…mucha paz.
Cruzó los pasillos arrastrando la maleta y mirándolo todo como si fuera la primera vez que lo hacía. Intentando reconocer cada mueble y cada cuadro, cada puerta y lo que había detrás. Recomponiendo las piezas de la vida a la que había sido devuelta de golpe.
Paró ante la última puerta, que aún conservaba la estrella brillante que había pegado tanto tiempo atrás, y la abrió.
La golpeó el olor dulzón de la colonia, y la luz.
Había muchísima luz esa mañana.
Por un momento tuvo que entrecerrar los ojos. Allí estaba todo, como siempre. El ordenador, la lámpara, el armario, el espejo…
Se vio reflejada en él por unos instantes, pero apartó la vista enseguida.
Aún no, ya tendría tiempo más tarde.
Soltó la maleta y se acercó a la cama.
Tocó la colcha con la punta de los dedos mientras observaba las fotografías colgadas en el corcho y recordó…
Recordó los días en el hospital de Barcelona. La habitación blanca y fría, las enfermeras que la atendían, los médicos que evitaban responder…
Revivió las noches de incertidumbre con sus padres al pie de la cama, los diagnósticos poco esperanzadores y el miedo…Mucho miedo.
A morir, supone. O más que eso, a lo que se perdería si pasaba, lo que nunca llegaría a conocer.
Sonó de nuevo en su cabeza la voz quebrada por las lágrimas de su madre, las frases tranquilizadoras de los médicos y las llamadas de sus amigos.
Amigos que al principio la visitaban pero que, a una sugerencia de su madre, dejaron de aparecer por allí. Porque ella temía que les fallasen los nervios, que montasen una escena. “Necesita reposo”, ésa era su frase favorita, la que lo justificaba todo, sin llegar a entender que ella no quería estar sola, que no quería pensar, sólo sonreír, hablar, y fingir por un momento que era como cualquier otra chica de dieciséis años.
“Ahora tienes que ser fuerte”, le decían, y ella asentía sin explicarles que de no ser fuerte estaría rompiendo a llorar, sin decirles que no era justo, que no tenía la culpa, y que estaba cansada…muy cansada. Asentía y abría de nuevo el libro que le habían traído, una historia de aventuras con final feliz. “Los finales felices no existen”, pensaba, y tiraba el libro al suelo con rabia.
Luego venía la quimioterapia. Aquella máquina a la que temía más que a la propia enfermedad y con la que no podía fingir estar mejor, a la que no podía engañar con una sonrisa…
“Necesita reposar”, oía decir a su madre por el teléfono. Y entonces no tenía fuerzas para replicar y, hecha un ovillo sobre la cama, miraba a través de la ventana como el mundo seguía su curso sin importarle ni ella, ni las excusas de su madre, ni las llamadas preocupadas de sus amigos.
Se sentó con un suspiro en la cama.
No le había importado irse a Barcelona, habían pasado muchas cosas en su vida, todo había cambiado y ya ni siquiera mereció la pena quedarse, al fin y al cabo era sólo un verano, un suspiro de tiempo que pasaría volando.
Y ahora estaba allí, en su casa, y se sentía más extraña de lo que se había sentido en todo el verano, como una intrusa.
Había llamado a sus amigas, le habían preguntado y prometido que pasarían por el pueblo antes de que empezase el nuevo curso, tenían muchas cosas que contarle. “Un verano no es tanto tiempo”, decía su madre, y entonces, ¿por qué sentía que había pasado una eternidad?
Cogió un par de marcos con fotos de sus amigos y le vio. Todo sonrisas y ojos azules…Sergio.
Se había obligado a no pensar en él pero estar allí hacía más difícil apartarlo de su mente. “¿No te gustaría a veces no despertar al día siguiente?”
La abrazaba. En la foto la estaba abrazando y sonreía, pero eso había sido antes, mucho antes. “Un verano no es tanto tiempo” y sin embargo soltó la foto y se negó a seguir guardando esperanzas.
No supo decir cuánto tiempo estuvo dormida, sólo que despertó sobre la cama, molesta por la luz que se filtraba en la persiana y el ruido de un motor.
Se incorporó y miró por la ventana.
Se quedó un momento sin respiración mientras veía la moto aparcada cerca de su portal y al dueño de pie junto al telefonillo. Luego oyó el timbre retumbar por los pasillos.
Quiso llorar de felicidad.
Corrió como no había corrido en mucho tiempo, cruzó la cocina ante las miradas sorprendidas de sus padres y cogió el auricular.
- ¿Si?
- ¿Elena? Soy Sergio, verás, acabo de llegar de Valencia y me preguntaba si podías salir.
- ¿Ahora?
- No, esta noche, a las nueve más o menos.
- Pues sí, no hay problema. ¿Pasas a recogerme?
- Claro. Entonces nos vemos luego—notó que sonreía—No sabes lo mucho que te he echado de menos.
- Yo también—respondió—
Colgó, y sintió que quería gritar y saltar hasta quedarse sin fuerzas. Miró el reloj, las siete y media, aún tenía tiempo.
Oyó las voces de sus padres desde la cocina y volvió a su habitación, abrió el armario de par en par y buscó su camiseta, aquella de tirantes con mucho escote que le habían reprochado sus padres, aquella que hacía un año que no se ponía. Por primera vez se miró al espejo, el pelo todavía corto y la cicatriz del pecho asomándose por la camiseta, pero no le importó, ya había pasado mucho tiempo…
Caminó hasta la cocina y miró en uno de los cajones.
- ¿Qué buscas?—preguntó su madre mientras ojeaba una revista—
- Las llaves.
- ¿Y dónde se supone que…?—fue la primera en levantar la vista y también la primera en darse cuenta de su ropa—
La miró atónita mientras ella la obsequiaba con una sonrisa. Hacía mucho que no sonreía así. Se hizo un silencio cómplice.
- No vuelvas tarde, ¿de acuerdo?—pidió, y Elena se acercó a darle un beso de despedida—
- No te preocupes.
Abrió la puerta y se vio reflejada por un instante en el espejo de la entrada. Sonrió a su reflejo.
Estaba viva, y tal vez, después de todo, los finales felices existían.
Si fueras el agua clara de algún manantial lejano,
si fueras del sol un rayo que ilumina mi balcón,
si fueras fresca mañana o una tarde de verano,
si fueras poema olvidado de algún olvidado autor.
Si fueras ángel, si fueras diablo,
si fueras espina, si fueras flor,
si fueras el último día del verano,
tendrías igualmente mi sincero amor.
Por oír lo que con ternura al oído me susurras,
por bañarme en tus ojos profundos como el mar,
por bailar tus palabras, la más linda música,
porque tuya es mi alma a la luna gritar.
Por grabar en un árbol, más que un garabato,
sinceras y profundas las palabras “te quiero”,
quizá por ti no mato,
mas por ti yo muero.
DOCE MIL KILÓMETROS DE DISTANCIA
Yo sé que siempre, al parecer de otros, he sido un chico normal y corriente, que va al colegio, le gusta molestar a su hermano pequeño y que nunca se ha sentido diferente a los demás. Pero no es así, al menos no siempre. Aunque yo sé que es muy difícil de creer y que si yo no fuera quien soy tampoco me lo creería, una verdad es cierta; yo no soy un chico tan normal, porque sé leer los pensamientos. Ahora suena raro, pero es así.
Leer los pensamientos es una sensación extraña, y también cada vez más nueva para mí.
Cuando descubres lo que está pensando esa persona que está frente a ti (o no), sientes como si, de repente, estuvieras dentro de su cabeza y pudieses viajar a tantos sitios como quisieses en busca de información, como si fueses una especie de “cosa” que lo sabe todo y que es feliz, muy feliz. Podría decir que te sientes invencible.
Un pensamiento no lo “ves” en forma de palabra o imagen, en realidad es como si no fuese nada, pero que a la vez lo es todo, no tiene nombre ni forma, es como un “¡PAM!” que, de repente, parece que te abriese la mente y te lo dijese todo. Gracias a esto he tenido muchas experiencias y esta historia que voy a contar me ocurrió de verdad, afortunadamente:
Era una mañana calurosa de junio, de esas en las que tomarte un helado era lo mejor que podías hacer, y Jorge y Juan iban paseando por la calle comentando sus notas de clase, me vieron sentado en la fuente del pueblo solo, con cara entristecida.
No me conocían, pero ya me habían visto hacía unos días, solía estar allí, exiliado del mundo, cabizbajo, aislado de todo. Todos decían que desde que murió mi mejor amigo (que a ver quién se habrá inventado esa historia tan ridícula), siempre me sentaba allí, en la fuente, pasando las horas muertas. Pero nadie en realidad sabía bien cuál era la realidad del asunto. Jorge y Juan decidieron acercarse y preguntarme por qué estaba así (se sabe ya por qué lo supe de antemano). Pero enseguida, respondí:
- No es que no tenga amigos, no penséis eso – les mentí, ya que era verdad lo que pasaba, no tenía amigos.
- ¿Qué?- me dijeron ellos al unísono.
- Que sé lo que estáis pensando, y sí que tengo amigos.
- ¿Cómo sabes lo que estábamos pensando?
- No sé, siempre lo adivino – les respondí sin más.
Extrañados, me invitaron a tomar un helado. No se acababan de creer que un niño normal y corriente pudiese leer los pensamientos, cosa que entendí. Así que mataron dos pájaros de un tiro; averiguarían de qué iba esa historia y si era verdad que yo adivinaba sus pensamientos.
- Pero… si no sabes ni cómo nos llamamos… ¿cómo vas a adivinar nuestros pensamientos? – me preguntó Juan, incrédulo.
- Pues porque los adivino – les dije sin aclararles nada.
- ¡Ah!, por cierto… ¿es verdad que…? Bueno, eso… ¿que ya no tienes amigos?
- Esa es una historia muy larga… No es que se me muriese un amigo, no. Es que se mudó…– me inventé una historia – pero supongo que no estaréis aquí por eso, ¿verdad?
- Mmm…no, no. Bueno, – dijo intentando cambiar de tema – no te hemos preguntado ni cómo te llamas – me insinuó.
- Me llamo Alex. Aunque, si no me equivoco… no era eso lo que queríais saber.
- Entonces… ¿es verdad? ¿puedes leer los pensamientos?– me preguntó Jorge, intrigado – Pues adivina… – me retó aún pensando que era mentira.
- En que dudas de que yo sepa adivinar los pensamientos.
A partir de ahí Jorge y Juan supieron que ese niño triste y de apariencia normal podía realmente adivinar los pensamientos, no sabían cómo ni por qué, pero era cierto. Poco a poco, cuando nos encontrábamos en la fuente nos íbamos a tomar un helado, y Jorge y Juan jugaban a pensar algo para que yo lo adivinase. Podría decirse que comenzamos a ser amigos, muy amigos. Tanto que en menos de dos semanas ya nos conocíamos tan bien como si fuésemos hermanos. Si nos aburríamos íbamos a la fuente y jugábamos a contar historias de miedo hasta que yo adivinaba cuál sería el final. Nos hicimos inseparables.
Un sábado por la tarde los tres amigos fuimos a mi casa a merendar. Mamá nos hizo tortitas, ¡un exquisito manjar! Estábamos charlando y de repente a Jorge se le ocurrió una idea:
- ¡Oye Alex! ¿Podrías adivinar si tu madre está pensando en hacer más tortitas o invitarnos al cine?, porque yo me lo estoy pasando de miedo…
- Creo que no voy a poder… – y aquí les tuve que desvelar mi mayor secreto – veréis, no os he contado que a la gente más cercana a mí no le puedo leer los pensamientos, sólo puedo leérselos a la gente que me lo pide o cuando yo quiero o me hace falta, ya está. Y no sé por qué a mi familia no. Lo siento chicos.
Me sentí tan desafortunado que tuve ganas de mentir y decir que sí que podía.
- Es extraño… pero no puedes, ¿aunque lo intentes? – me preguntó Jorge.
- Aunque lo intente – respondí lleno de rabia.
Ya sabían mi debilidad, pero… ¿qué podía hacer yo?…nada. Al fin y al cabo, eran mis amigos. Así que decidí no hablar nunca más del tema. Si lo sacaban cambiaría el rumbo de la conversación, o haría oídos sordos a todo lo relacionado con ello.
Aunque con el paso del tiempo me di cuenta de que ésa no fue la mejor opción:
Meses después de aquel “incidente” me di cuenta de que mis padres querían contarme algo, pero, desgraciadamente, no sabía el qué. Por fin, después de semanas, al volver del colegio me dieron la inesperada noticia:
- Hijo, tenemos que hablar contigo – aquellas palabras me marcaron para siempre – Tu madre y yo estamos pensando en que... bueno, tu ya sabes que esto le pasa a la gente por lo menos una vez en la vida… – iba dando rodeos al tema.
- Jose, no hay tiempo, tenemos que decírselo – le susurró mi madre, inquieta.
- ¿Pero decirme el qué? – cada vez más intrigado, yo me esperaba lo peor.
- En dos semanas nos mudaremos a Italia – esto último lo dijo tan bajito, que parecía que ni él mismo se quería mudar.
- ¡¿QUÉ?! – exclamé, con lágrimas en los ojos.
- Lo siento, hijo – dijeron ellos.
Esas fueron las últimas palabras que dijeron hasta dos días después. Jorge y Juan ya sabían lo ocurrido, y no sabían qué hacer, no sabían lo que podían hacer. Yo estaba cada vez más destrozado, si pudiese saber lo que estaban pensando decirme, sólo una vez, sólo esa vez... Por un momento, (mas bien muchos momentos) pensé que lo de adivinar los pensamientos siempre fue una tontería, que no me servía de nada. Que yo sin ellos no era nada pero Jorge y Juan todo sin mí, que si yo me mudaba ellos seguirían siendo dos, y con lo que se querían, se habrían olvidado de mí en cuestión de pocas semanas.
Pero no, tenía que ser fuerte, tenía que hacer algo. Y así fue; llamé de inmediato a mis dos mejores amigos y entre los tres, tuvimos una idea genial, no podía fallar.
- Yo intentaré convencer a mis padres para que hablen con los tuyos y les intenten convencer de que no te vayas. Juan, tu harás lo mismo con los tuyos – Jorge parecía un detective de los que salían por la tele resolviendo crímenes perfectos – y luego quedamos en mi casa. Y tú, Alex, le lees los pensamientos a mis padres a ver si nos ayudan, y lo mismo con los padres de Juan. Yo creo que está claro que nos ayudarán, ¿no?
- No tenemos tiempo. Manos a la obra, ¡por nuestra amistad! – concretó Juan, decisivo.
Al día siguiente, quedamos los tres en la casa de Jorge, intentamos pasárnoslo lo mejor que pudimos, ya que en apenas unos diez días yo ya me habría marchado para siempre. Ya era la hora de merendar y entonces llegó mi turno.
Me volví a sentir invencible, invulnerable. En menos de un segundo conseguí lo que quería. Los padres de Jorge me iban a ayudar, nos iban a ayudar, ellos pensaban que nuestra amistad era preciosa, si no recuerdo mal. Y no querían que se rompiese.
Se lo dije a mis amigos, muy feliz y seguro.
- Ahora sólo faltan los padres de Juan – dije – . Cuando te vengan a recoger, lo hacemos.
Lo mismo, tampoco querían que me marchara. El plan parecía perfecto.
Unos dos días después, ya estaban hablando los seis adultos en el salón. Mientras, en mi habitación, nosotros tres esperábamos impacientes. Jorge sólo pensaba en que yo me quedase, y Juan en que mis padres cediesen. En ese momento me sentí mas tranquilo. A pesar de todo en algo me tenía que aprovechar de mi don, ¿no?
Por fin salieron los padres de mis dos amigos del salón tras una larga media hora de charla con los míos.
- Cariño, tus padres se lo están pensando. Buena suerte – me dijo con voz extraña la madre de Juan.
Pero claro, ella no sabía lo que yo sí que sabía. Era mentira, la decisión estaba tomada. Todo estaba clarísimo. Me iba a mudar, y me iba a mudar.
Entonces tuve que pasar a mi especie de “plan B”: decírselo yo mismo.
- Por favor, mamá. ¿Es que no sabes por lo que tengo que pasar yo para superar esto? ¿lo sabes? ¡no, no lo sabes! – le gritaba, desesperado.
- Hijo, nosotros tampoco queremos mudarnos – me decía.
- Si, ya…eso lo dicen todos…¡vosotros lo que queréis es arruinarme la vida! – tenía tanta rabia guardada dentro que estuve apunto incluso de decir toda la verdad (toda aquella verdad) – por favor mamá, yo no me quiero mudar, no lo hagas… ¡por favor! – le supliqué entre sollozos.
Pero no cedió, nunca pudo ceder. Nunca quiso, (según mi punto de vista) ceder.
No podía más, no había nada que hacer. Nada tenía remedio. Hasta califiqué de nuevo como insignificante mi “poder” de adivinar pensamientos, estaba llegando al límite.
Pero, ¿qué le podía hacer yo? Nada, nunca he podido hacer nada. Ya sólo me quedaba resignarme y esperar hasta el peor día de mi vida.
Sin embargo, mis amigos Juan y Jorge se portaron de maravilla conmigo, hasta me atrevo a decir que durante esos días estuve, más que nunca, unido a ellos.
Todos los días, por muy deprimido que yo estuviese, me proponían ir al cine, a alguna fiesta, a donde fuese. Pero cuando más sentí esa sensación, esa de estar tan feliz que crees que vas a explotar, fue en mi último cumpleaños en esa ciudad:
Yo no quería celebrar nada, pues ya sólo quedaban cinco días para mi ida hacia Italia.
Pero, casi arrastrado por esas dos maravillosas personas, llegué a un viejo callejón del pueblo.
- Cierra los ojos – me dijeron.
Me pusieron una venda en los ojos, oí ruidos, risas… pero cuando me la quité vi una pintada enorme en la pared vieja y estropeada; una pintada que la hacía tan bonita como lo pudo ser en sus principios, o más. Se trataba de nuestras iniciales: JJA.
Me gritaron “feliz cumpleaños” tan alto como pudieron, y me dijeron que estaban seguros de que en Italia les podría leer los pensamientos, y que yo ya sabría lo que estarían pensando. Que estarían pensando en mí. Después me llevaron a la fuente, y descubrí otra pintada, esa vez más grande, que ponía: <<aquí se sentaba el niño más maravilloso del mundo>>. Entonces me di cuenta de que nada podría borrar nuestra amistad, ni doce mil kilómetros de distancia, o más, mucho más.
Cinco días y dos horas después de ese momento, yo estaba en mi coche, camino del aeropuerto. Pasé a lado de la fuente, pude divisar esas cuarenta y una letras escritas en negro, que decían aquella frase llena de sentimiento. Ya iba a cruzar el límite del pueblo y vi de nuevo esa pintada allí, en ese oscuro callejón: JJA. <<Más, mucho más>> pensé.
Y ahora, que hace dos años que vivo en Italia, que ya casi no recuerdo la calle donde vivía antes, todos los días, cuando me levanto, adivino lo que piensan. Juan suele pensar en qué estaré haciendo, y Jorge en <<seguro que Juan está pensando lo mismo que yo>>.
No me han olvidado, ni mucho menos yo a ellos. Y es que, durante esos últimos 15 días de mi estancia allí, fui la persona más feliz del mundo. No la más maravillosa. Al fin y al cabo, tampoco es tan malo mudarse, siempre que tengas un contacto especial con esas personas que dejaste antes de irte, un contacto tan especial como… ¿saber lo que piensan? No. Como saber que te quieren. Y es verdad.
Y hoy recuerdo esto porque gracias a esos dos personajes he aprendido que contra la amistad no puede nada, ni la distancia, ni el dolor, ni saber leer los pensamientos. Y que desde ese momento, no existe la palabra <<distancia>> gracias a ellos.
Desde mi cama contemplo el caer de la tarde,
Malva, rojo y naranja, el cielo se hace.
Las gaviotas sobrevuelan los peces,
Los pescadores recogen sus redes.
De las palmeras los cocos descienden,
Y la fina arena los recibe caliente.
Comienza a soplar el viento,
Y las olas se enfurecen.
A las rocas acercarse no conviene.
El color rojo en el viento se mece,
El hermoso paisaje comienza a estremecerse.
Lo que calmar mi dolor podía,
Hace que se aparte de mí la vida.
Se hace la oscuridad que a dormir convida,
Mis ojos se cierran sin que yo se lo pida.
Categoría C
La verdadera felicidad (Teresa Barrio Traspaderne, 1º bt.)
Amor, odio. Paz, guerra. Poder, subordinación. Generosidad, materialismo. Justicia, injusticia. Solidaridad, egoísmo. Arte, rutina. Vida, muerte.
Quizá la vida se reduzca a una serie de complejas reacciones químicas. Quizá lo abstracto de los sentimientos pueda ser explicado. Quizá sea posible diagnosticar el estado del planeta. De lo que podemos estar seguros es que esta continua y enzarzada lucha entre el bien y el mal, que tanto nos aturde y desconcierta, va a llegar a su fin, estableciéndose el equilibrio. No nos limitemos a interpretar el mundo, dediquémonos a cambiarlo.
Querer es poder, alguien dijo alguna vez. Somos nuestros más profundos deseos. Dejemos de rezagarnos por prejuicios de sociedad hipócrita, para empezar a indagar en lo más hondo de nuestra existencia, fijar sueños irrealizables como objetivos, y cumplirlos. Eso es la verdadera felicidad, no la frágil perfección de belleza inalcanzable, sino la valoración de los auténticos, aunque pequeños, placeres de la vida. No esperemos a que alguien crea en nosotros para creer en nosotros mismos. No seamos esclavos de la rutina, fantasmas de un pasado monótono que se prolonga al presente, ánimas sin dueño ni rumbo merodeando solas por la ciudad de las sombras. Convirtámonos en repartidores de sueños, que viven en mundos utópicos en los que nadie reina sobre nadie, siempre ávidos por transmitir asombro por el milagro que supone el simple hecho de estar vivos, siempre teniendo en cuenta que la felicidad ajena es propia si se ha contribuido para alcanzarla…
No basta con que alguien se dé cuenta de algo, o que tenga una idea revolucionariamente magnífica. Bastará cuando nos mentalicemos de que es posible el cambio. Todo sirve, nada es en vano. No permitamos que la coerción externa nos adormezca, seamos constantes. Porque las respuestas a las grandes preguntas no están ahí fuera al alcance de todos o de nadie, sino en los sentimientos más crípticos que habitan nuestro ser, aún lleno de contradicciones aparentemente baldías…
Sombras (Eduardo Ponz Segrelles)
Salió del café. La tertulia de los miércoles siempre era animada y aquella no había sido diferente. Nada más cruzar la puerta el viento le azotó en la cara y, calzándose su sombrero gris, se subió las solapas de la gabardina y comenzó a andar. Había estado lloviendo toda la semana y el cielo estaba encapotado aunque, por suerte para él, no caía agua de las nubes. Era uno de esos momentos especiales en los que una luz apagada hace brillar la lluvia que ha quedado en el suelo y en los que la humedad lo envuelve todo con su suave frescor. Encendió uno de sus cigarrillos y dirigió sus pasos hacia la calle principal, dispuesto a regresar en taxi ya que su casa distaba algunos kilómetros del centro. Aquel hombre le venía siguiendo desde hacía semanas: una figura oscura, vestido de negro y con aire austero. Al principio no había notado su presencia ya que le seguía de lejos, pero en los últimos días cada vez era más descarado y ya no se ocultaba entre la gente; a su alrededor parecía que todo perdía la fuerza y la vida propias de los habitantes de la ciudad, un halo de invisible oscuridad y tristeza lo rodeaba, y hacía algunos días que él mismo sentía el frío de ese halo envolviendo su propio cuerpo. Pensó que si volvía a casa se libraría de él por un momento y, apurando las últimas caladas de su cigarrillo, subió a uno de los característicos vehículos amarillos y negros en los que los taxistas hacen su servicio mientras charlan animadamente con los clientes. Tras una sobria e innecesaria conversación con el conductor, se bajó a escasas manzanas del bloque de edificios en el que vivía (ya que no le quedaba dinero para llegar hasta su portal) y al echar la vista atrás, para su sorpresa, descubrió a la misteriosa figura observándolo desde la esquina, sintió su fría mirada clavándose en su corazón como una afilada daga. Le retuvo la mirada durante unos segundos que le parecieron años, descubrió que no tenía más que una mancha borrosa por rostro y que parecía de humo. Subió a casa, tratando de no volver la vista atrás y de alejarse de aquel frío que no se padecía en el cuerpo, sino en el alma. Las ideas volaban en su cabeza y ya en el ascensor se vio obligado a sacar su pequeño bloc de notas y comenzar a escribir, curiosamente al hacerlo notó que el frío lo abandonaba lentamente y era sustituido por el agradable calor de la calefacción central.
Los días pasaban uno detrás de otro, como una copia cada uno del anterior, con la excepción de que la figura cada vez lo acosaba más, más de cerca, pero lo que le inquietaba no era eso, sino la indeferencia que mostraban los demás individuos hacia el extraño personaje, hasta el punto de que llegó a pensar que era el único que podía distinguirlo. Un día su vida cambió, decidió que estaba arto de la tediosa monotonía: dejó de fumar y cambió de trabajo y de barrio, lo único que mantuvo de su vida anterior fueron esas animadas tertulias entre intelectuales los miércoles. Decidió convertirse a sí mismo en uno de sus personajes, reinventándose cada día y a cada momento, y tomando decisiones inesperadas y caminos alternativos. El hombre de negro cada vez le seguía de más lejos, había momentos en los que volvía hacia atrás la cabeza y no era capaz de distinguirlo entre la gente, el frío fue sustituido por una cálida felicidad y el cosquilleo inquieto de lo inesperado. Finalmente un día escuchó tras de sí un grito ahogado, terrible y estridente, y al girarse para ver qué ocurría descubrió al extraño personaje que había atormentado su vida anterior deshaciéndose en cenizas y polvo que fueron arrastradas por el viento. De pronto se sintió como liberado de un gran peso, tenía ganas de volver a vivir.
El límite de tu piel,
despacio,
ha marcado la frontera
del delirio.
Soy el agua que fluye
por ese sedoso tejido,
la pasión dormida
de una vida inútil.
Soy la corriente de susurros
que arrastra en su marea
la vorágine vedada
de sentidos.
Soy el hilo que anega
desde mis manos
hasta tu cuello
y que brota en tu tierra
la vehemencia intranquila.
Soy la tinta que escribe,
dulcemente,
mi deseo
sobre tu pecho.