Primer Premio de Prosa, Categoría A: “
“Amiga”, de Itziar Aldecoa , de 2º C de ESO.
AMIGA
Sus ojos estaban como ríos después de la lluvia. No sólo expresaban tristeza, no era por pena ese llanto en el que rompía como vaso al caer al suelo. También era sed de venganza, era rabia de la impotencia, ninguno de los dos entendíamos por qué la vida le hacía eso. La perfección había sido invadida por un defecto incurable. Sus ojos estaban aun más azules de lo habitual por la humedad de las lágrimas, y sus pupilas se clavaban en las mías pidiendo ayuda, tan profundas como el mar donde todo se esconde. Sus delgados brazos pálidos se aferraban a mí con temor pero con fuerza. Yo era ahí el fuerte, el encargado de no permitir que se hundiese el bote. No podía dejar que mis lágrimas saliesen también, no podía llorar delante de ella. No podía irse, yo no quería soltarla.., llegó un momento en el que me di cuenta de que me estaba haciendo daño de apretarla tan fuerte, sin embargo ninguno de los dos en ese momento podíamos sentir nada. Intenté buscar un punto fijo al que mirar para autocontrolarme. La señal de calle sin salida, la valla blanca que rodea el jardín, la puerta cerrada, los zapatos que había lanzado con rabia contra mi palmera, el sol prácticamente desapareciendo... todo me recordaba a las palabras del médico.
Ayer estuvo aquí. Cuando ando por los recuerdos de la vida me la cruzo, me saluda y me sonríe. Cuando me la cruzo en sueños nos abrazamos y reímos. Ella siempre me promete que todo va a salir bien y yo lloro todo lo que no pude llorar cuando ella estuvo conmigo. Me despierto sobresaltado con la almohada mojada. Ayer estuvo aquí, ayer recordé su perfección, su habilidad para hacerme sonreír, su inteligencia, su fuerza de voluntad, su personalidad única. Era tímida como una paloma, pero también era osada y relampagueante como un rayo. Aparecía y todos los ojos observaban su sutileza y su preciosa perfección. Recuerdo su largo pelo oscuro que contrastaba con sus ojos claros. Recuerdo sus besos en la frente cuando yo era bastante más alto, pero ella se ponía de puntillas simplemente para dármelos. Recuerdo nuestros planes de irnos a vivir juntos cuando cumpliéramos los dieciocho. Ahora la insondable espesa melancolía comparte piso conmigo. Recuerdo su boca con espacios y con dientes torcidos cuando teníamos 6 años, recuerdo aquel baile que hicimos en la piscina delante de toda su familia, recuerdo sus “ya voyyyyyyy” cuando la iba a buscar por la mañana para ir al colegio y me tenía media hora esperando. Recuerdo todas las piedras en vez de hombres que la tuvieron en sus brazos sin valorarla. Recuerdo la de veces que tuve que fingir ser su pareja para que los chicos le dejaran en paz, recuerdo la primera estrella fugaz que vimos juntos, nuestras promesas con escupitajos y nuestras cabañas en los árboles de la casa de mi abuela. Las huellas que ha dejado en mí son indelebles y a veces hablo de ella como si aún estuviese aquí. Han pasado tres primaveras y la nostalgia sigue viniendo arrullándome con el recuerdo de su voz, sus dedos y su sonrisa.
Hoy no ha sido un buen día y supongo que a lo largo de esta semana no habrá ninguno en el que no piense en ella. Estoy en la casa de la montaña de sus padres, con toda su familia que es como si fuese la mía y entre ellos está su pequeña clon. Su curiosidad es inmensa y le da vueltas a todo como hacía ella, tiene el mismo sentido del humor y la misma risa...

Por la mañana me ha hecho bastantes preguntas sobre su hermana, pues no llegó a conocerla. Cuando hemos terminado de hablar hemos seguido andando en silencio. Hemos hecho una ruta muy larga y agotadora que ya habíamos recorrido en primavera, en la que me ha dado tiempo a pensar y a pensar hasta llegar a delirar. Ahora hay una manta blanca que cubre todos los colores que lucían antes. Es impresionante la manera en la que puede cambiar un paisaje de estación en estación. El silencio invadía el valle y el frío viento se ha llevado todos los problemas y preocupaciones que tenía en la cabeza. Ahora sólo hay sitio para ella. La pequeña ha estado desde la hora de comer llorando hasta el atardecer por la pérdida de su bola de nieve Snups. Sigue insistiendo que alguien se la ha robado, pues en la mesa donde la había colocado el ladrón había dejado una pista: un charquito. Ahora está pintando un sol con gafas de sol como el que hay en el calendario escolar y me está preguntando si uno se puede hacer daño a sí mismo.
Son las cinco de la mañana, y los tenues rayos de sol que se cuelan entre las tablas de madera del techo del desván me permiten escribir. La luz anaranjada del amanecer me adormila, pero no consigo conciliar el sueño por mucho que lo intente. Hoy hemos estado ordenando este cuarto y hemos encontrado varias cosas de ella, o mejor dicho nuestras. Tengo bajo mi brazo el famoso baúl azul, el que le regalaron por la comunión lleno de cosas de papelería que tardamos cinco días en acabar, donde metimos las cosas que pretendíamos llevarnos a nuestra casa. Cuando lo he abierto, el fuerte olor a polvo, a infancia, a risas y a madera vieja me ha atacado. Han empezado a aparecer imágenes en mi cabeza a gran velocidad, he empezado a recordar momentos que pensaba que había olvidado, he vivido 16 años en tres segundos. En la parte de arriba, había una carpeta que con una caligrafía no muy buena ponía “divujos” Al ver dibujo por dibujo, me he ido acordando de cada día, cada lugar, cada rotulador. Primero queríamos ser pintores, luego guerreros y años después futbolistas. Había álbumes de fotos inmortalizando todos los momentos vividos en esa casa, estaban las camisetas que nos poníamos para no ensuciar la ropa mientras pintábamos, y al final del todo había una cajita marrón. La he sacado cuidadosamente, sabiendo lo que había dentro. A ella le encantaban las estaciones con sus cambios de paisajes. Por eso, cuando teníamos ocho años decidimos conservarlas. Cuando he abierto la cajita esta mañana, un olor repugnante a flores podridas me ha hecho volver a cerrarla.
La apatía recorre mis venas, no tengo ganas de dormir ni de estar despierto. Solos, yo y las letras nos hacemos compañía en silencio mientras recordamos momentos duros, mientras poco a poco voy perdiendo la cabeza. Tengo la esperanza de que algún día el sino nos vuelva a unir, y así me contarás qué tal te ha ido por ahí, amiga.