LA SANTA COMPAÑA

 

 

Juan vivía con su abuela desde que era pequeño. Sus padres y su abuelo habían muerto a causa de la guerra, y su abuela era la única persona que él había llegado a conocer.

 

Vivían en un pequeño  pueblo de La Coruña. Tenían una preciosa casita a la orilla del mar. Por lo general era un sitio muy tranquilo, ya que no vivían muchas personas en los alrededores; pero lo que sí abundaba eran las leyendas. Juan no creía en ninguna de ellas, pero le encantaba sentarse junto al fuego a escuchar los relatos de su abuela.

 

Un día como otro cualquiera Juan salió a jugar con sus vecinos a un juego llamado acecho, algo así como el escondite.

 

La noche ya se cernía sobre los árboles más altos del bosque,  la oscuridad en el sendero era considerable. Él escondido tras unos arbustos disfrutaba del olor húmedo de los helechos y del barro bajo las hojas caídas, rojas y resbaladizas.

 

Se habían callado los pájaros diurnos, pero los nocturnos aún estaban en silencio. Era un silencio que se oía como un amortiguado zumbido, grave y lejano. Muy lejano...

 

Se llevó un par de moras a la boca. Las últimas, porque en el instante de masticarlas dejó de ser visible la zarza. Sólo por algunos instantes. Era una noche clara, con la luna creciente extraordinariamente nítida y perfilada. Pero aún estaba baja en el cielo y todavía no iluminaba el sendero, aunque sí que había en el bosque una claridad lechosa y un aire denso de despertar confuso.

 

Y de repente un intenso olor a velas le envolvió la nariz, en una ráfaga de viento del oeste. Y una claridad inusual y blanquecina empezó a moverse entre los árboles a su izquierda. Moviéndose hacia el sendero.

 

Pudo observar como siete “personas” en dos filas con uno de ellos delante, se acercaban a su casa. Todos vestían igual, una especie de túnicas terminadas en unos capuchones, como los de Semana Santa. El primero llevaba una gran cruz que parecía hecha con dos maderas planas. Y los dos que le seguían, uno en cada fila, llevaban una gran vela cada uno. Los otros cuatro no llevaban nada. La fantasmal comitiva se movía en el más absoluto silencio.

 

Juan se quedó allí, como paralizado, recordó entonces la leyenda de la Santa Compaña. Sin pensárselo dos veces trazó el círculo de salomón con una rama en el suelo, se metió dentro y cerró los ojos, lo dominaba el pánico.

 

Sintió un roce en el pelo de la coronilla y creyó volverse loco de la impresión, porque su respiración pareció detenerse unos imposibles minutos. Perdió la noción del tiempo. Tan pronto le parecía que sólo llevaba un par de minutos tumbado bocabajo, sobre la tierra blanda, como la sensación de llevar horas y estar cada vez más aterido por el fresco punzante de la noche de otoño. Todo, incluso sus manos extendidas ante él, estaba cubierto por una luz crepuscular que no se correspondía con la noche de luna creciente. Empezó a sudar, pero no se atrevía a moverse, ni siquiera a oscilar levemente un dedo de la mano. Y una gruesa gota le resbaló desde la frente por toda la mejilla hasta caer sobre la tierra oscura.

 

Veía los Ojos abismales de espíritus sin nombre que jamás habían sido humanos. Una playa desierta en la que el silencio trazaba ondas en el aire, rozando la espuma de las olas, que se quedaban quietas un instante antes de desvanecerse.

 

Entonces esas “personas” cruzaron de frente  y se perdieron tras los árboles. Luego como alma que lleva el diablo salió disparado hacia su casa, entró y vio a su abuela tumbada en la cama, gélida, con la mirada perdida; levantó la vista, junto a la puerta le observaba el doctor, la anciana había fallecido. Se le cayó el mundo encima, su abuela, su ser más querido en este mundo, ya no estaba.

 

Comprendió entonces a qué había ido la Santa Compaña aquella noche, a por el alma de su abuela.

 

En la historia  que le había contado su abuela, Juan recordó que la Santa Compaña está precedida por un vivo condenado a salir todas las noches a los caminos, comandando la fúnebre peregrinación, hasta encontrarse con otro vivo a quien traspasar la condena y así quedar libre. De no hacerlo así, en un determinado tiempo iría enfermando y palideciendo gradualmente hasta morir. En esos momentos la vida de Juan carecía de sentido lo único que le apegaba a este mundo había muerto, por ello decidió liberar al portador de la cruz sacrificando así su vida.